Saudade

Publicado en Re-cortes el Octubre 9, 2008 por Carlos de la Fé
Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de hombres.
Jorge Luís Borges, o Bioy, o quién sabe…

          Aquella noche no sería una cualquiera. Sabíamos que jamás íbamos a tener otra igual. Al menos a mí no se me ha podido olvidar, aunque a veces dude de sí pasó realmente o sólo fue otro producto cruel de mi imaginación fustigada por la distancia.

          Lo cierto es que en muchas ocasiones celebro ese día como si se tratase de un aniversario, a pesar de que no sea una fecha de esas señaladas. ¿Acaso hoy y mañana y ayer no lo fueron también?

          Pero sabes que mi memoria es más selectiva que el olfato de un sommelier, y los retazos que me han ido sobrando son tus piernas, unas medias con un solo zapato, subiendo por las escaleras mostrando apenas tus bazas, tus juegos tramposos atentando indiscriminadamente contra mi libido. Darte la vuelta como quien no quiere la cosa para dejarme contemplar esa, aquella, esta imagen imborrable de una gota de sudor resbalando, traicionera, por tu espalda, remontando tu nalga izquierda mientras ascendías otro peldaño.

          La habitación: la misma. Las sábanas: las de casi siempre. La luz: la de las velas premeditadas. Tus pies: los de antes y ahora. Tus labios: los que quise y estarán endulzando mi boca. Tu sexo: mi sexo.

          Si no fuera una locura, diría abiertamente que te amo. Si no estuvieras tan lejos a lo mejor lo sentirías. Volver a decir Creo, quiero, puedo confiar en que lo que fue, será, en lo por venir y por olvidar.

          Cuando me harte de buscar, encontraré. Estoy casi seguro.  Cuando estés segura de que encontraste, tal vez sea cuando te mires, como esa noche, al espejo, y veas que mi reflejo no está justo tras de tí, que aunque mis manos estén aferradas a tus senos y mi boca mordiendo tu cuello, estoy simplemente dentro, y que hay días en los que me escapo para andar por los tejados de la vida e interpretar algo parecido a un ser humano.

          Así que, cierra los ojos y mírame directamente como cuando, antes y pasado mañana, nos resucitábamos con cada olor, con cada buenos días, y dejemos por esta noche, más que sea y otra vez, el por qué, como la primera y penúltima vez.

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Hasta la Victoria, Siempre

Publicado en Cosas que pasan el Octubre 8, 2008 por Carlos de la Fé

          “Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, cuando él vivía: pido que sea su voz la que se asome aquí, que sea su mano la que escriba estas líneas.
          Sé que es absurdo y que es imposible, y por eso mismo creo que él escribe esto conmigo, porque nadie supo mejor hasta qué punto lo absurdo y lo imposible serán un día la realidad de los hombres, el futuro por cuya conquista dio su joven, su maravillosa vida.”

Julio Cortázar. 1967

Es más, Te perdono

Publicado en Re-cortes el Octubre 6, 2008 por Carlos de la Fé

          Ahora no vengas a pedirme perdón. Yo también cometí los mismos errores y dejé el alzacuellos amarrado a tu pie, justito al lado de esa tobillera con corazones que te regalé (cuándo) aquella triste tarde que sabíamos una  más y otra de menos.

          Yo no quiero salvarme, deseo condenarme en el fuego eterno, en la desdicha completa de la hipocresía, en la falta de sentimientos y el exceso de normas y años de mala educación y mamitas lindas.

          Nada de besos robados; no más pieles prestadas, vidas paralelas que jamás llegan a tocarse por miedo a re-conocerse. Debería cachetearme por esta estupidez congénita, este empecinamiento en no sé qué exactamente. En seguir siendo cualquier cosa que se me parezca y no tenga nada que ver con eso que tú creíste o que los demás te hicieron creer.

          Y eso, precisa, justa, absurdamente es lo más o lo único triste. Lo triste es que la tristeza nos haya unido y sea lo que nos separe. Porque podría hacerte una lista de palabras que aprendí a querer, a interpretar y sentir semántica y literalmente, y no para que entendieras, porque también dejé el disfraz de maestro colgado del perchero, sino para no olvidarme de que, casi siempre es mejor decir gracias que te quiero.
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Medias tintas, medias negras

Publicado en Re-cortes el Octubre 4, 2008 por Carlos de la Fé

          La única tinta con la que admito escribir la historia de mi vida es con la de mi vieja, maldita, miserable y canalla Mont Blanc llena de sangre, con tinta sangre del corazón.

          Las únicas medias que me han gustado fueron casi siempre negras, como ciertas pieles, la mayoría de mis pensamientos y las noches más profundas, amén de los agujeros y alguna que otra novela. Y sabes, porque conoces, porque comprendes y me entiendes (a veces, ya, amor… y quién es el necio que osa pedir más?) que no es necesario, entre tú y yo un nosotros, un contacto, un específico nombre o un determinado lugar en el espacio o en el tiempo. Y que sea lo que sea.

          Tú me enseñaste a aprender. Juntos experimentamos las cosas que nadie nos había dicho, y, después de todo este tiempo, cada quién siguió descubriendo, y recordando, y asimilando, y haciendo como que esto es vida y todo lo demás fueron sólo sueños y algunas pesadillas.

          Y cuando nos encontramos (cuando nos reconocimos) decidimos asesinar cruelmente a todos y cada uno de nuestros maestros, olvidando que siempre somos aprendices de algo. Lo que ocurre es que la vida no avisa, y cuando te llega la factura, debes pagar con lo que llevas encima, con lo puesto, con lo mucho o poco que hayas conseguido retener. Hay quién paga con dinero, los más con lágrimas, los menos con amor.

          ¿Perdonar? ¿Olvidar? Lo único que no deberías perdonarte, precisamente, es el olvido. A no ser que estés muerto, porque  −sábelo desde ya−, no hay más dios, ni juez ni parte que tu almohada, tus días y tus noches a partir de cuando decidas empezar, de nuevo o de tres, dos, uno, cero.

          La próxima vez que te digan que eres perfecto, tal vez sea el momento justo para que te pares frente a un espejo. No, no te voy a decir nada. Allá cada quién con su sombra. El círculo es perfecto no por su redondez ni por su fórmula ideal, sino porque empieza donde acaba. Y la perfección de cada cosa está en su esencia y no en su presencia.

          La próxima vez que llegue a casa y te encuentre vestida, entraré desnudo, y que sea lo que sea.

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Biba la Bida

Publicado en Re-cortes el Octubre 1, 2008 por Carlos de la Fé

          Si bolbiera a nacer… ¿Sería inmortal? Empezaría a vever de la teta de mi madre como un alcohólico empedernido, saviendo que, tarde o temprano, la bida me estaría esperando y tantito más allá, su hermana gemela.

          Porque algún día sé que bibiré funerales, propios y ajenos. Asistiré a belatorios de fantasmas creados a mi imagen y semejanza, y lloraré por los muertos de mi felicidad, y vrindaré por los futuros cadáberes que havré de encontrarme en los caminos, en cada encrucijada.

          ¿Llorar? ¿Más? Ni por los bibos de mi tristeza.

          Te amaré. Y ahora tú, ponte el nombre que quieras. Yo te llamaré Biernes, y Satuday Night, con copas y Casablanca y Palomitas-Pop Corn-Cotufas-Roscas. Con guitarra en mano, copa en frente y sexo en voca.

          Deviera o deviese dejar de dever y de vever. Nunca más huvieras… si pudiera devería o deviera o deviese dejar de hacer promesas avsurdas y sin sentido, pero con contenido. Recuerdas?

          Dime qué devo decir pero jamás, jamás se te ocurra decirme lo que devo sentir. En todo caso, dime qué quieres oír y procuraré cantarlo, pero jamás, jamás se te ocurra insinuarme qué es lo que devo escrivir.

          Ya saves que mi musa se suicidó después de años de vaja lavoral por depresión. A las entrebistas de travajo se presentaron tantas candidatas que, cuando me quise dar cuenta, llebava tanto escriviendo sin ellas que me pareció innecesario.

          En cualquier caso, si devemos cumplir nuestras promesas. Recuerda vailarme desnuda esta noche y recuérdame la mía, que ya la olbidé.

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Cansada de besar Sapos

Publicado en Short Stories con etiquetas , el Septiembre 30, 2008 por Carlos de la Fé

1

          Cansada de ser la bruja malvada del cuento, decidió cumplir su deseo inconfesable.

          Tomó las Páginas Negras, buscó por su provincia (El País de los Nuncas y los Siempres y miró por la D1). Concertó una cita para el siglo que viene con los especialistas de Corporación DermoPatética y, más tranquila, encendió la olla para  prepararse un té con esencias de víbora y ojos de macho castrado.

          Pero en esta maldita época había que trabajar, al igual que en todas las que había vivido; así que, sin darle más vueltas a sus ilusiones, sacó al Sapo de su jaula y volvió a espolvorearlo con los polvos mágicos. Y el cabrón, de nuevo, volvió a sonreír.

2

          El lacayo con forma de despertador aporreó la puerta de su recámara, asquerosamente puntual como sólo pueden serlo un lameculos o una madrina.

          Detestaba el ritual diario de observar su tez perfecta en el espejo bruñido que había heredado, como era tradición, de su padre, el Rey. No había noche que no soñara con proponerle un trueque a todos los dioses que tan benévolos habían sido con su físico de Adonis, en igual medida que fue sentenciado a vivir con un corazón empequeñecido por la desdicha de no conocer eso que llaman amor, para vivir.

          Ya no creía en cuentos de hadas, ya era mayorcito y estaba en edad de merecer. Recurriría a los métodos tradicionales. El bufón, su amigo de la infancia, le había contado hace años un cuento en el que una bruja buena convertía a los príncipes más guapos en horribles Sapos, y los dejaba en las charcas más inmundas, a la espera de que alguna princesa de buen corazón se dignara besarlos, y ser felices y bla bla bla.

3

          Sus padres se empeñaron en llamarla Sheyla. Decían que se daba un aire con una tía lejana que, en un país ligeramente cercano, había conseguido contraer nupcias con un buen partido (un Virrey más viejo que feo y más muerto que vivo): lo que se dice un buen torneo o una buena justa. Pero con menos sangre, si descontamos la del virgo tan celosamente custodiado.

          A ella, no sabía por qué, le gustaba más el de aquella menina que la ayudaba cada mañana a calzarse el corset de la infamia. Se llamaba simplemente María y parecía tan feliz como la simpleza de su nombre. Sus manos estaban ajadas por el trabajo, a pesar de ser casi de la misma edad, pero su piel y sus ojos destilaban una felicidad de la cual ella carecía.

          “Algún día llegará mi príncipe“, se repetía día y noche. El próximo será el último, se juraba.

4

          Once upon a time, a long, long time ago… o sea, como quién dice anteayer, el bufón, fiel amigo y confidente, contactó con la malévola bruja para que fuera al castillo y hechizara a su señor, como en cualquier cuento que se precie.

          Como un valiente, sin pensarlo dos veces, se tragó el ponzoñoso brebaje sin rechistar, pero tapándose la nariz como cuando, de infante, su mami, la Reina, le daba medicinas amargas y caricias dulces.

          Al día siguiente, cuando el lacayo feroz entró a despertar al príncipe y no lo encontró, en el castillo se organizó la búsqueda y captura. La búsqueda del heredero y la captura del pinche bufón que seguramente lo había raptado, pues sobre el real tálamo sólo quedaron la corona y el sombrero con cascabeles.

          Quiso la casualidad (dije causalidad, no?) que ese mismo día, la princesa, desesperada, fuera a las cuadras y montara a pelo el corcel más veloz de la caballeriza real y corriera como alma que lleva el amor hacia lo profundo del bosque, al lago de sus sueños y pesadillas donde tantos atardeceres deseó ser poseída por su amante y, sin embargo,  se dedicaba a busca r Sapos entre el limo y el fango del fondo, casi tan negro como sus esperanzas.

          Tras el árbol del bien y del mal, agazapados, bruja y bufón supieron que el destino, esta vez,  estaba de su parte, que el momento tantos años anhelado, por fin, había llegado, y se besaron por última vez y le echó el (un) polvo mágico.

          Fue soltar al sapo y la vida se les derramó como agua entre las manos.

          Sapo mira princesa (con ojos saltones, claro). Princesa mira sapo con ojos (libidinosos) encantados. Sapo saca lengua. Princesa besa sapo, y el sapo, sonríe, otra vez, y se convierte en un hermoso, valiente, encantador y encantado… bufón.

          El otro Sapo mira a la bruja (con ojos espantados!) y se traga la lengua. La malévola, la maldita, cansada de hechizar Sapos para que vinieran niñas fresitas y se llevaran el premio, le dio un beso (con lengua) y supo, al ver como el príncipe la miraba con sus ojos azules y enamorados, que las dos mil piezas de oro invertidas en la operación habían valido la pena, que hizo bien en extirparse el odio de su corazón en lugar de aquella verruga que, en ese mismo instante, el heredero del amor besaba con fruición.

The End

Stairway to (your) Heaven

Publicado en Re-cortes el Septiembre 28, 2008 por Carlos de la Fé

          A pesar de mi falta de fe (más inexplicable aún en mi caso) te concedo que todo empezó en el Big Bang.  Acepto que juguemos con nuestros cuerpos como paradigma de una singularidad primigenia de la creación de nuestro propio universo en expansión, de la génesis de eso que ahora denominamos Nosotros, Tú y Yo.

          A pesar de mi incredulidad y anisotropía −por no llamarlo abiertamente ignorancia exponencial− en fenómenos más o menos sobrenaturales o pseudo-científicos, debo reconocer que cuando te vi supe que era cierto, que las ecuaciones de segundo grado tendían al infinito.

          Sabes que fue en un espacio muy determinado y ultra-moderno donde se fusionaron nuestras partículas elementales, que nos acusarían, ene veces, de locos e ilusos, y nos veríamos imposibilitados para hacerles entender que, pese a las apariencias, girábamos en torno a una órbita segura, y que para la atracción gravitacional que sentíamos no existirá teoría, ni general ni particular, que la formule; no ya con números, sino con palabras.

          Y, lo más raro (más incluso que yo) es este maldito y bendito tiempo que he tardado en encontrarte. Maldito porque siempre es tanto cuando llegas a desesperarte, a perder incluso las ganas y la esperanza (ya sabes, esa −y dale!− puta vestida de verde) que no sabes ni quién eres ni adónde vas. Bendito porque, aquí estás, y eres y pareces y reapareces en tu nave nodriza para refutar guarismos y matemáticas puras.

          Y ahora que estamos aquí, y sabemos a ciencia cierta que no existen ni más ahoras ni más aquís (aquíses?) sino este sabroso espacio-tiempo que hemos creado a imagen y semejanza de nuestros sueños, me tomo la libertad de declararme culpable, culpable, culpable de querer precipitar este horizonte de sucesos y ver adonde llegamos. Sabes que tendremos que atravesar ese agujero negro que intenta tragarnos con su masa infinita, su ralentización falsamente plácida, su abrumadora densidad, su viene-viene, sus hubieras y sus quisieras.

          A lo mejor el problema o, mejor aún, la solución, pase por no plantearnos el por qué, como  cuando nos expandíamos sin mirar atrás y creíamos, sabíamos y deseábamos usar el universo entero como zacate con que tallar nuestros cuerpos en un baño de espuma cuántica, en la bañera con patas de nuestra galaxia, justito ahí, entre, sobre, dentro de las cobijas.

El Mundo según Néstor

Publicado en General el Septiembre 27, 2008 por Carlos de la Fé

NÉSTOR

          Cuando casi ha pasado un mes desde su inauguración no oficial, me decido a presentar en  sociedad cibernética un blog que, por muchas razones —algunas más evidentes que otras— me toca, me llega, me mata y me da vida. Me mata porque, cada día que pasa… bueno, que te voy a contar que no sepas? Y con cada nueva palabra, con cada gesto de esos que se van pareciendo, es como si la primavera estuviera ahí, a la vuelta de la esquina.

          Si alguien se acuerda de lo que pensaba, sentía o soñaba cuando tenía ocho años, que tire la primera piedra y no esconda la mano. Yo tengo un tímido, leve, traicionero indicio de esa época, y sé que, ya entonces, mi corazón estaba en juego, apostado a todo o nada. Y aquí seguimos, aún, todavía y hasta que haga falta, mientras la esperanza renazca en cosas así. Llámalo blog, llámalo como quieras, pero hazlo y no lo olvides.

          He llegado a comprender, desde esos remotos ocho años (no ha pasado tanto, verdad?) algunas cosas. Casualmente, la mayoría de ellas son las mismas que me hacían y me han hecho vibrar siempre.

          Que no somos el ombligo del mundo y que, puestos a escoger, casi que me quedo con el tuyo.

          Que sí, que hay otros mundos y están en este, pero sobre todo dentro.

          Que las manos están hechas para reconocer tocando y el corazón para ser manoseado impúdicamente.

          Que a pesar y gracias a que hay (o miles o ninguna)  una razón para estar vivos, y que cada quién le ponga el nombre que quiera, no estamos solos, y de cuando en vez nos viene bien ponernos en el pellejo del otro, y mirar a través de sus ojos.

          Como te iba diciendo, como te iba amando…

El Grito

Publicado en Ínsula Negra el Septiembre 27, 2008 por Carlos de la Fé

          -¿Cuánto?

          Machín supo desde la primera vez que aquel tipo se dejó caer por su vida que nunca se cansaría de encontrar motivos para detestarlo. Esa sonrisa enseñando dientes profidenticamente blancos, comprados con un dinero notoriamente negro, era otro motivo, otra rosa pintada de azul.

          De cuando tuvo que vivir en el D. F. le quedó el regusto amargo de la corrupción como un mal congénito, casi inoculado por la misma matrona. Con la primera nalgada te despierta a la vida y con la otra mano extendida, sin disimulo y sin vergüenza, ni propia ni ajena, te exige la primera mordida.

          En todos los países existe el chantaje (¿acaso no es contidio sine quanon para crear una nación?) y a todos los niveles. El soborno es casi un requisito más para acceder a determinadas jerarquías oficiales o concursos públicos; pero en ese maldito y adorado país -en el de su amor más profundo y su odio más cruel-, el único que alguna vez quiso considerar como algo parecido a una patria, el chantaje llegaba hasta el corazón, y eso nadie lo sabía mejor que él.

De Ínsula Negra

Si tú no estás aquí

Publicado en Re-cortes el Septiembre 27, 2008 por Carlos de la Fé

          Podría estar sin ti aunque no te conociera, incluso sabiendo que esto que digo es mentira.

          Como decir que te imagino a cada paso que das, en cada gesto de tu cara (tantos gestos) y no afrontar la realidad porque no estás —acaso estuviste, acaso estarás— y publicar pública, abiertamente que, te recuerdo, que me acuerdo hasta del más ínfimo detalle de tu cuerpo y de tu cabeza o tu corazón. Cosas, pliegues, olores, sabores y momentos de los que me guardo el privilegio de ser el único testigo, el procreador y el asesino, el juez y el verdugo.

          Y no me da vergüenza, sabes?, ni la más mínima, ni tantito, ni penita porque algún día (y a lo mejor es dentro de un rato o al ratito) o, peor, alguna noche ya no estaré aquí. Y lo cierto es que esta triste, absurda, estúpida, inútil noche no estás. Y mañana, o mejor pasado mañana, sería el día perfecto para celebrarlo de una manera especial, o tan sólo distinta. Ya sabes cómo, como siempre, como cada día menos como hoy que no estamos y, vaya que si estamos.

          Cuando estas palabras dejen de ser necesarias; cuando ninguna de estas malditas palabras tengan que ser necesariamente puestas por escrito y, en su lugar vengan a salvarnos las caricias y miradas que tanto compartimos, justo en ese momento voy a abrir mi bocaza en la misma medida que mi corazón.  Justo ahí, en ese instante, en ese lugar, sea donde sea, no necesitaremos más calderilla emocional para pedir o regalar un penique por nuestros pensamientos. No tendremos necesidad de preguntar “cómo estás“, porque estaremos.